El fin de la vida

El mejor interprete de la Naturaleza (Jefe Indiio Seattle)

El mejor intérprete de la naturaleza, aquel que mejor acierta en comprender y describir su verdadero sentido, es la persona que por haber vivido su existencia día a día, en estrecho contacto con
ella de manera inteligente, se constituye en el mejor depositario de todos sus
secretos.

Entre los pueblos que han disfrutado de esta comunión natural, será el indio piel roja americano el que, por sus características especiales, estaba mejor preparado para esta comunicación. Su permanente nomadismo le hacia huir de las grandes ciudades y, en general, de los espacios cerrados, permitiéndole amanecer en todos los paisajes, utilizar sin abuso ni despilfarro –ya que estaba en juego su propia supervivencia- los recursos de la naturaleza le ofrecía, y en la que, como un eslabón mas de la cadena de la vida, estaba integrado.

Normalmente los hechos de este pueblo, traducidos en costumbres y ritos, son anónimos; pero del caso concreto que nos ocupa ha quedado constancia escrita de su autor y de su fecha, ya que se trata
de un hecho rigurosamente histórico. En efecto, el gran “jefe blanco”
Presidente Franklin Pierce, ofrece en 1.884 al jefe indio Seattle comprar a las tribus Dwamis y Suquamish una gran parte de sus territorios, y crear una “reserva” para acoger a estas tribus. Aunque el acuerdo se firma efectivamente el 21 de enero de 1.885, la respuesta que dio el jefe Seattle al presidente Pierce queda como uno de los documentos más estremecedores de la historia de la humanidad.

 ¿Cómo se puede comprar o vender el firmamento, ni aún el calor de la tierra? Dicha idea nos es desconocida.

Si no somos dueños de la frescura del aire ni del fulgor de las aguas ¿cómo podrán ustedes comprarlos?

Cada parcela de esta tierra es sagrada
para mi pueblo.

Cada brillante mata de pino, cada gramo de arena en las playas, cada gota de rocío en los oscuros bosques, cada altozano, y hasta el sonido de cada insecto, es sagrado a la memoria y al pasado de mi pueblo. La savia que circula por la vena de los árboles lleva consigo las memorias de los pieles rojas.

Somos Parte de la tierra y, asimismo, ella es parte de nosotros. Las flores perfumadas son nuestras hermanas; el venado, el caballo, la gran águila; estos son nuestros hermanos. Las escarpadas
peñas, los húmedos prados, el calor del cuerpo del caballo y del hombre, todos
pertenecen a la misma familia.

Por todo ello, cuando el Gran Jefe de Washington nos envía el mensaje de que quiere comprar nuestras tierras, nos está pidiendo demasiado. También dice que nos reservará un lugar en el que podamos vivir confortablemente entre nosotros. Él se convertirá en nuestro padre y nosotros en sus hijos. Por ello consideramos su oferta de comprar estas tierras. Ello no es fácil, ya que esta tierra es sagrada para nosotros.

El agua cristalina que corre por ríos y arroyuelos no es solamente agua, sino también representa la sangre de nuestros antepasados. Si les véndenos tierras deben recordar que es sagrada, y a la vez deben enseñar a sus hijos que es sagrada, y que cada reflejo fantasmagórico en las claras aguas de los lagos, cuenta los sucesos y memorias de las vidas de nuestras gentes.

El murmullo del agua es la voz del padre de mi padre.

Los ríos son nuestros hermanos y sacian nuestra sed; son portadores de nuestras canoas y alimentan a nuestros hijos.

Si les vendemos nuestras tierras, ustedes deben recordar y enseñarles a sus hijos que los tíos son nuestros hermanos y también lo son suyos, y, por lo tanto, deben tratarlos con la misma
dulzura de se trata a un hermano.

Sabemos que los hombres blancos no comprenden nuestros modos de vida. Él no sabe distinguir entre un pedazo de tierra y otro, ya que es un extraño que llega de noche y toma de la tierra lo
que necesita. La tierra no es su hermana, y una vez conquistada, sigue su camino dejando atrás la tumba de sus padres sin importarle. Les secuestra la tierra a sus hijos. Tampoco le importa. Tanto la tumba de sus padres como el patrimonio de sus hijos son olvidados. Trata a su madre la tierra, y a su hermano el firmamento, como objetos que se compran, se explotan y se venden como ovejas o cuentas de colores. Su apetito devorará la tierra dejando atrás solo un desierto.

No se, pero nuestro modo de vida diferente al de ustedes. La sola vista de sus ciudades apena los ojos de un piel roja. Pero quizás sea porque el piel roja sea un salvaje y no atienda
nada.

No existe un lugar tranquilo en las ciudades del hombre blanco, ni hay sitio para escuchar cómo se abren las hojas de los árboles en primavera, o cómo aletean los insectos. Pero quizás esto también debe ser porque soy un salvaje que no comprende nada. El ruido parece insultar nuestros oídos. Y, después de todo, ¿para qué sirve la vida si el hombre no puede escuchar el grito solitario del chotacabras, ni las discusiones
nocturnas de las ranas al borde del estanque? Soy un piel roja y nada entiendo.
Nosotros preferimos el suave susurro del viento sobre la superficie de un estanque, así como el olor de ese mismo viento purificado por la lluvia del mediodía, o perfumado con aromas de pinos.

El aire tiene un valor inestimable para el piel roja, ya que todos los seres comparten el mismo aliento; la bestia, el árbol, el hombre, todos respiramos el mismo aire. El hombre blanco no parece consciente del aire que respira. Como un moribundo que agoniza durante muchos días es insensible al hedor.

Pero si le vendemos nuestras tierras deben recordar que el aire es inestimable, que el aire comparte su espíritu con la vida que sostiene. El viento que dio a nuestros abuelos el primer soplo de vida, también recoge sus últimos suspiros.
Y si les vendemos nuestras tierras, ustedes deben conservarlas como cosa aparte y sagrada, como un lugar donde hasta el hombre blanco pueda saborear el viento perfumado de las flores de las praderas.

Por ello consideramos su oferta de compra de nuestras tierras. Si decidimos aceptarla, yo pondré una condición: el
hombre blanco debe tratar a los animales de esta tierra como a sus hermanos.
Soy un salvaje y no comprendo otro modo de vida.

He visto a miles de búfalos pudriéndose en las praderas, muertos a tiros por el hombre blanco desde un tren en marcha.
Soy un salvaje y no comprendo como una maquina humeante puede importar mas que un búfalo al que nosotros matamos sólo para sobrevivir.

¿Qué sería del hombre blanco sin los animales? Si todos fueran exterminados, el hombre también moriría de una gran soledad espiritual; porque lo que suceda a los animales también le sucederá al
hombre. Todo va enlazado.

Deben enseñarles a sus hijos que el suelo que pisan son las cenizas de nuestros abuelos. Inculquen a sus hijos que la tierra está enriquecida con las vidas de nuestros semejantes, a fin de que sepan respetarla. Enseñen a sus hijos, que nosotros hemos enseñado a los nuestros, que la tierra es nuestra madre.

Todo lo que le ocurra a la tierra le ocurrirá a los hijos de la tierra. Si los hombres escupen al suelo se escupen a sí mismos.

Esto sabemos la tierra no pertenece al hombre; el hombre pertenece a la tierra. El hombre no tejió la trama de la vida; él es sólo un hilo. Lo que hace con la trama se lo hace a sí mismo. Ni siquiera el hombre blanco, cuyo Dios pasea y habla con él de amigo a amigo, queda exento del destino común. Después de todo quizás seamos hermanos.

Sabemos una cosa que quizás el hombre blanco descubra algún día: nuestro Dios es el mismo Dios. Ustedes `pueden pensar ahora que Él les pertenece, lo mismo que desean que nuestras tierras les pertenezcan. Pero no es así. Él es el Dios de los hombres, y su compasión se reparte entre el piel roja y el hombre blanco. Esta tierra tiene un valor inestimable para Él, y si se daña, se provocaría la ira del creador. También los blancos se extinguirían, quizás antes que las demás tribus.

Contaminan sus lechos y una noche perecerán en sus propios residuos.

Pero ustedes caminaran hacia la destrucción rodeados de gloria , inspirados por la fuerza de Dios que les trajo a esta tierra y que, por algún designio especial, les dio dominio sobre ella y sobre el piel roja. Ese destino es un misterio para nosotros, pues no entendemos por qué se exterminan a los búfalos, se doman los caballos salvajes, se saturan los rincones secretos de los bosques con el aliento de tantos hombres, y se
atiborra el paisaje con las exuberantes colinas de cables parlantes.

¿Dónde está el matorral? Destruido. ¿Dónde está el águila? Desapareció. Termina la vida y empieza la supervivencia.

 

Jefe indio Seattle a Presidente Franklin Pierce de EE.UU.