El autor nos cuenta las penurias que el tercer mundo, pasan hasta llegar a occidente.
En que situación se encontrarán en sus países de origen, para que se arriesguen a perder la vida en su aventura por un mundo mejor.
Tema: Un halo de esperanza
Fecha: 25.12.2010
Asunto: Opinion sobre un halo a la esperanza
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on cierta nostalgia dejé atrás la sedienta arena de mi amado pueblo en la costa sur de Namibia, las noticias de la opulencia en Europa, habían salpicado también mi ciudad esparciéndose como reguero de pólvora, éstas servían de alimento a nuestra esperanza e ilusión, allá, allende los mares, en la lejanía de nuestro pueblo podríamos tener derechos dignidad a la vida, algo que se nos negaba en nuestra tierra, allí podríamos sentirnos SERES HUMANOS, con esa ilusión y esperanza miles de seres desfavorecidos como yo no dudábamos siquiera en arriesgar nuestras vidas, pues el hambre y la miseria que circunscribía las vidas de nosotros mismos y de nuestras familias, era tal que poco importaba lo que nos sucediera, con tal ímpetu y coraje solo, sin nada más que lo puesto salí de mi país dejando atrás familia y amigos.
Recorrí la distancia entre mi país y la costa norte de Senegal en tres meses andando, atrás quedaron noches de sobresaltos, hambre a raudales miedos, fugas de guerras donde fui alistado a la fuerza y un sin fin de vicisitudes que hicieron sentir más fuerte aún mi deseo de llegar alguna vez a la libertad...... a Occidente.
Por fin divisé un altozano en medio de la ardiente arena de Senegal junto a la costa, Norte allí se encontraban un enorme grupo de jóvenes sentados esperando la terminación de cayucos y su turno de embarque que los llevaría con dirección a la libertad, al otro lado del mar.
Me sumé a la espera de esos jóvenes continuando mi hambre y penalidades quisieron robarme, y ya vez que podían robarme a mí, que llevaba solo lo puesto, una camisa rasgada un pantalón hecho trizas, y unos viejos deportes destrozados ¡y querían robarme, ironías de la vida!, como no tenía dinero para embarcar, perdí toda esperanza de reunirme con los jóvenes alegres y dicharacheros que alegremente bromeaban entre sí, seguros ya del embarque y posterior traslado a Europa.
Observé durante un tiempo (unos cuatro días), como salían cayucos repletos de jóvenes que ya llevaban su tiempo esperando, y las rutas de salida que llevaban siempre era la misma, al parecer todo estaba controlado por aquél viejo lobo de mar, el cual tenía un colaborador para el control de personas que subían al cayuco previo pago, (más de seis mil Euros),más una señal de tinta impregnada en el dorso de sus manos un hombre alto y enjuto era el encargado de cobrar el dinero estipulado para los embarques más de seis mil euros por cabeza, vaya negocio tenían montado, y varios trabajadores para la consecución de sus fines laborales, pero mi ilusión era partir para Europa,..¿ que haría pues...?. ¿ qué podía hacer...?
Por fin, supe -por el alborozo organizado- que un nuevo cayuco estaba a punto de zarpar, escondido entre la oquedad de la arena y la situación privilegiada de un enorme tronco junto a la maleza de la ribera pude escuchar que sobre las dos de la madrugada era la hora más idónea para partir, aprovechando las corrientes y mareas ¿quién sabe por qué lo harían a esa hora? así que como eran aproximadamente las seis de la tarde en un descuido me introduje en el campamento de los jóvenes alborozados les robé un poco de sardina seca y pan duro, con sangre fría volví a mi escondrijo y traté de dormir un poco falta me hacía, otra cosa sería si lo conseguiría o no.
A eso de la una y media me desperté sobresaltado, por fin había llegado el momento esperado para toda aquella gente alborozada que apenas había dormido nada, como pude me adentré nadando sigilosamente mar adentro poco antes de la partida, y permanecí quieto flotando con la ayuda de una simple tabla pequeña que me acompañaba, y así permanecí a la espera del mejor momento para izarme a bordo del cayuco sin que nadie pudiera darse cuenta, era mi única esperanza, me la jugué pues se comentaba que los que intentaban pasara sin pagar la cuota establecida permitían su embarque, pero una vez en alta mar lo arrojaban por la borda y lo abandonaban a su suerte, nos enfrentábamos al mar abierto(nunca antes había visto el mar), había dado comienzo UN SUEÑO el mar nos saludaba sonriente, ignorantes por completo del acto que acabábamos de realizar habíamos entrado sin saberlo en la hipérbole de un sucio juego de negra muerte.
De pronto en el silencio de la noche sentí el deslizamiento sigilosos del barco sobre la superficie del agua junto al lugar donde me encontraba, mi mano izquierda recorría toda la superficie del perímetro lateral izquierdo y cuando estaba próximo a pasar la popa me izé como pude y creo que nadie se dio cuenta, o al menos nadie se inmutó todos estaban durmiendo.
Cuando amaneció el primer día a bordo nadie dijo nada, si bien todos supongo sabían o debían saber que había “un polizón a bordo”, esa noche y el día siguiente transcurrieron sin novedad alguna digna de mención, pero hete aquí que, pasada la media noche del segundo día el mar, éste comenzó a agitarse y un fuete viento lateral acompañado de inmensas olas y un fuerte aguacero empezaron a sacudir el barco.
Aquél cayuco bailarín se mecía al compás de las olas de un mar inquieto, la proa del mismo embestía con virulencia a las embravecidas olas retozando y saltando sobre sus cúspides desafiante orgulloso de su talle y estilizada figura, aquélla cáscara de nuez en medio de aquél mar embravecido pronto quedó a merced de la olas y el fuerte viento que soplaba de costado, sin embargo aquella frágil embarcación resistía los embates del mar luchando a brazo partido, pues su único fin era ganarle la batalla y cumplir con su misión, llevar a aquellas pobres gentes engañadas, a la ventana sur de Europa, LA TIERRA PROMETIDA, todo estaba previsto el cayuco disponía de cuerdas que a modo de cinturón de seguridad en caso de emergencia podían sujetarse a la barco con bridas de sujeción, y eso es lo que hicieron todos menos yo por que no había “una de más”, pronto casi al amanecer la tormenta cesó, y todo volvió con los primeros rayos de sol a la calma, aquellos cayucos al parece eran fuertes ligeros, y le habían proporcionado a su armador (el viejo lobo de mar que vivía en un lugar apartado y hábilmente disimulado apto para el sucio negocio próximo a la costa de la célebre ciudad de Dakar (Senegal), lugar idóneo de embarque de mercancía humana, el tan temido, llorado despreciado y abolido TRAFICO DE ESCLAVOS). sustanciosos ingresos económicos, aquéllas cáscaras de nueces habían cruzado con elegancia en multitud de ocasiones aquél mar tenebroso (para algunos) que habían sido devueltos a su miserable país- aquél viejo lobo de mar que fabricaba cayucos era un eslabón más en la enigmática, ilegal perversa vergonzante y degradante actitud y corrupción del ser humano, tanto social como política,.
Ante mi vista en aquel mar se abría el plateado pasillo que conducía a la libertad, a la opulencia a la felicidad a la prosperidad al dinero fácil, oh.... La puerta abierta al mundo occidental donde todo (según leyendas) sería fácil, pronto tendría lujosos coches, dinero, mujeres, alcohol fiestas una casa nueva, trabajo, medicinas, una vejez asegurada, en fin toda la retórica parlanchina del vecino de mi amigo, (un pueblo cercano al nuestro) que sin saberlo, era compinche del viejo lobo de mar que fabricaba los cayucos, a saber que comisión se llevaría.? y ante eso nadie en nuestra situación podía resistir, todos sucumbieron, y yo también, pues la enfermedad era tan grave y las palabras de consuelo y aliento para curarlas tan loables que parecía que todo estaba al alcance de la mano y lógicamente nadie podía obviarlas, el resultado era que entre toda la familia aportaban el poco dinero que podían algunos quedaban endeudados de por vida para que sus seres queridos jóvenes adolescentes marchase para occidente, el riesgo era enorme, muy alto, pero había que asumirlo al menos había que intentarlo, allí en nuestro país moriríamos irremisiblemente de hambre o en el mejor de los casos en la guerra por causa de unos salvajes sin escrúpulos, la suerte estaba echada, había que subir al cayuco y emprender la marcha hacia la libertad, aunque le fuese a uno en ello la vida.
De pronto, cuando nos encontrábamos en medio de aquel mar rugiente a merced de la olas y el viento nos azotaba zarandeándonos por doquier y cuando el agua de lluvia nos tenía empapados cubriendo el suelo y nuestras espaldas( a estas alturas yo me había adaptado a las inclemencias del tiempo, a las penurias hambrunas, y al parecer nadie decía nada -por el momento- de mi estancia en aquél barco),como pudimos cuando pasó la tormenta achicamos el agua del interior, y permanecíamos tumbados todos en decúbito lateral izquierdo de cara a nuestra tierra, nos habían dicho que permaneciéramos unidos en esa posición y que además tuviésemos los brazos entre las piernas, permanecíamos como sardinas en un barril, repartidos por todo el perímetro de la nave a fin de que esta no zozobrara por el fuerte oleaje.
El viejo motor que impulsaba aquél cascarón de nuez, se paró, el cayuco transportaba, pude contar creo sin temor a equivocarme más de cuarenta personas, entre jóvenes, mujeres embrazadas y algún que otro a mi juicio menor de edad todos ellos cargados de ilusión y esperanza, nos esperaba una nueva vida, poco o nada importaban los problemas.
Eso estaba bien aunque eran ilusiones, Pero ahora.¿ qué haríamos ahora..? ¿qué nos esperaba..? un milagro, o tal vez la muerte, vivíamos una realidad.... estábamos en medio de aquel mar enloquecido.
Allí seguíamos permaneciendo todos quietos y en silencio en la misma posición, solo veíamos nubes grises agua y más agua, y la aterradora figura serpenteante de unos rayos que rasgaban el horizonte iluminando desde Oriente a Occidente, no teníamos comida menos mal que algunas latas para el combustible del barco las habíamos empleado para llenarlas de agua de lluvia, al menos de sed no moriríamos por el momento, pues nuestro destino era bastante incierto.
Pronto las huellas del cansancio hizo mella en nuestros cansados y doloridos cuerpos, el salitre del mar nos había producido varias heridas no teniendo nada para taparlas y mucho menos algún ungüento o crema para mitigar aquel dolor, nuestros labios estaban grieteados, el estómago nos rugía cuán león en celo, no sabíamos qué hacer, sólo esperar y esperar.
No sé cuantos días permanecimos así en la posición descrita, una mañana me desperté cuando los rayos de sol bañaban mi cara, el día lo observé claro y limpio, al poco el sol ascendía hacia el cenit y un fuerte calor se apoderó de la zona, pero a nosotros que más nos daba ya, si había sol, calor lluvia o fuerte viento, nuestros cuerpos estaban exhaustos inertes, no se veía más que una superficie plana en el horizonte, casi sin darnos cuenta en nuestro letargo se hizo de nuevo la noche, hacía frío y las claras y alegres estrellas nos guiñaban sonrientes, en los momentos de lucidez miraba de soslayo y notaba la capacidad de sufrimiento de las mujeres embarazadas, algunas en avanzado estado de gestación a juzgar por su abultado vientre, de pronto unos gritos ensordecedores rasgaron la noche, una de las embarazadas se disponía a dar a luz allí mismo en su postura, ni siquiera se movió, todas ellas estaban juntas ubicadas en un ángulo de la proa del cayuco impávidas con la mirada perdida en el horizonte, y nadie pudo hacer nada por calmar su ansiedad y dolor, una mujer y yo mismo le sujetábamos las manos y la cabeza, ella inclinó las rodillas hacia si misma, y con fuertes suspiros y bufidos la pobre expulsó el feto, y esa pobre mujer dio a luz un bebé entre gritos desgarradores, ahora otras mujeres recogieron el bebé por que la parturienta quedó inconciente por el tremendo esfuerzo, al niño lo lavaron con agua de mar lo envolvieron en un gran trazo de cuerda deshecha en fibras y un fragmento de lona del barco, solo el altísimo sabe lo que pasó por la mente de esa mujer, cuando la parturienta volvió en sí amamantó al bebé y éste aguataba, que fortaleza la de aquella madre, era hermoso dentro de la desgracia ver como la naturaleza imponía su ley.
Al quinto día de permanecer a la deriva en la misma situación nos avistó un barco pequeño, un pesquero que faenaba por aquellas latitudes la bondad inmerecida del altísimo que nos había puesto aprueba acercó al pesquero hasta nosotros, el Creador nos había salvado la vida a todos, ...¿habían terminado nuestras penurias...?.
A las pocas horas de que nos recogiese el pesquero, una lancha de salvamente marítimo nos subió a bordo y nos condujo a la costa, habíamos llegado a lo que después supe era “LAS CANARIAS”.
Continuará.......................